Explosión de sensualidad. Mi segundo encuentro con Alexandra

Una noche con Alejandra
28 febrero, 2019

Explosión de sensualidad. Mi segundo encuentro con Alexandra

Tenía muchas ganas de recibir un masaje erotico en Madrid. Más específicamente, me moría de ganas de volver a sentir ese masaje tantra que Alexandra Everett me había dado hacía un mes. Era la segunda vez que quería verla, como ella me aseguró que ocurriría en la primera ocasión, en que apenas nos conocimos, pero ya me había dejado encandilado con el placer que me brindó aquella tarde.

-Volveremos a vernos.

-Por supuesto, Alexandra.

-Estoy a tu disposición cuando quieras explotar tus sensaciones al máximo de nuevo.

Yo pensaba que se trataba de una formalidad para cerrar con broche de oro nuestra deliciosa compañía y que no volvería a saber de ella. Sentí que eso podía decirle a cualquiera que, como yo, estuviera un momento con su desnudez y quedara maravillado. Por eso, aunque estaba en el cielo, por dentro pensaba que aquel momento sería irrepetible y no debía tener demasiadas expectativas.

Ahora tenía otra vez unas ganas casi insoportables de volver a ver su cara, acariciar su cuerpo con mis manos y sentir sus curvas alrededor del mío mientras ella me daba ese masaje que solo una dama de compañia de alto nivel como Alexandra podría darme. Sentir la piel de sus piernas, tersa, deslizándose sobre las mías mientras sus manos me acariciaban mis hombros y luego mi nuca había sido algo espectacular.

Recordaba su respiración en mi pecho y se me erizaba la piel de saber que con una llamada ella podría volver a aparecer con su cuerpo delineado, con esos senos perfectos bajo su carita tierna y deseosa junto a mí. Así que no aguanté más y en cuanto pude hice una cita para verla al terminar el trabajo. Alexandra, linda y sexy como solo ella, me atendió con esa voz tan particular que tiene, entre sonrisas, y accedió encantada a encontrarme. Esta vez, el punto de encuentro sería mi propia casa.

La segunda vez con su cuerpo

Al llegar, Alexandra, tan sutil en sus pasos, que sin embargo son dados con unas piernas bien firmes, lucía unos tacones negros y altos, cuyas cintas atravesaban su pie dejando ver solo parte de sus dedos. Traía un vestido negro, corto y entallado, que remarcaba su figura y sutilmente delineaba su tanga, apenas por encima de los muslos al descubierto.

Más arriba, el vestido subía con presión hacia el pecho y se notaban unos senos bien parados con los pezones vivos queriendo salirse del vestido, que me recordaron de golpe la imagen de su figura desnuda.

-¿Puedo pasar, guapo?

Yo estaba casi tartamudo, sonreí y le extendí la mano invitándola a entrar. Apenas iba a rebasarme cuando me llegó el olor de su cuerpo de golpe y antes de que yo mismo me lanzara sobre ella a darle una mordida contenida desde la primera vez, volteó, me dio un par de besos junto a cada comisura de los labios, me dejó sentir su cuerpo repegándolo al mío y me dijo:

-¿Qué quieres que hagamos primero, mi cielo?

Yo no era el cielo. El cielo era mi casa y yo recién había entrado en él a través de ese cuerpo que parecía señalarme el camino a la gloria. Quería morderle la tela encima de sus pezones. Quería subirle aún más el vestido por detrás y ver la unión dulce y caliente de su entrepierna mientras comenzaba a quitarle la ropa por los hombros y los brazos. Quería bajar con mi lengua por esa piel tan lisa que brillaba en sus piernas y necesitaba terminar con ella en sus dedos, que los tacones ofrecían como un premio.

Toda Alexandra era un premio y era para mí. Así que decidí volver a la lucidez, tras el embeleso que deja su presencia, y le dije que en mi habitación tenía una cama esperándola, pero primero quería sentarme un poco en la sala para tomar confianza. Ella cogió mi mano y me llevó al sofá, me dejó acomodarme y se sentó sobre mí. Estiró sus piernas hacia arriba y así fue como se amoldó lo más posible su cuerpo sobre el mío.

Por más que intentaba, yo ya no podía ocultar el bulto en mi pantalón y ella se acercaba lo suficiente para sentirlo y rozarlo. Luego, entre una plática de pocas palabras y muchos mensajes en mi oído, se movía de tal forma que el vestido se le subía y me dejaba ver sus pantys. El olor de su cuerpo era impresionante. Mi idea de que aquella segunda vez sería distinta se cumplió porque todo era mil veces mejor que la primera.

El masaje tantra

Luego de degustar la figura de su cuerpo con el mío, y de inhalar su olor a hembra dispuesta, se incorporó, se acomodó el vestido y me llevo al cuarto para darme mi masaje. Nunca olvidaré su imagen deteniéndose de espalda en la puerta esperando que yo llegara por detrás y atravesara mi mano por su cuerpo para poder abrir la manija. Sus manos acariciaron mi brazo hasta mi muñeca y giró la chapa conmigo.

Su aspecto erótico se mezclaba con su cara angelical y me ponía a reventar de placer con solo seguir detrás de ella. Entramos y sin más comenzó a desnudarme acariciando cada tanto con sus dedos delicados, que solo una top model tiene, los puntos de mi cuerpo que exigían ya tener tener el tacto de su piel en la mía. El juego había comenzado y yo no podía creer que estaba frente a mí esa diosa del placer.

Durante un rato que me pareció fuera del tiempo, Alexandra tocó con sus manos todo mi ser y cada rincón de su cuerpo que mi fantasía le pidiera se me entregó por completo, poco a poco, mientras me dejaba relajado. Con ese estilo tantra que ponía mis energías en armonía para llegar al punto final de mi placer con su encuentro, culminó en lingam.

Cuando Alexandra y yo nos dijimos adiós, yo seguía en el goce. Ella partió como llegó, con total frescura y discreción. Sentía su cuerpo como una parte del mío que se iba dejándome totalmente feliz y satisfecho con su masaje erótico en Madrid, único en el mundo. Igual de únicos que ella y su cuerpo, que se despedía con un último beso en mis comisuras, cerrando un ciclo de placer indescriptible.

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